martes 3 de noviembre de 2009

El bate rojo 3.1 (sospechosos)

Esa misma tarde se repartieron el trabajo. Se dedicaron a confeccionar una lista. Encuadraba tiendas de deportes, grandes superficies y tiendas especializadas que podrían haber vendido ese tipo de artículo tan concreto en algún momento o por cualquier motivo. Toda posibilidad, por remota que pareciera, era posible y estaba abierta a la investigación en ese momento. Después, se dirigieron personalmente a ellas, para que les facilitaran toda la información sobre ese tipo de ventas. Pensaban que lo mejor que les podía pasar fuese que el asesino hubiera comprado el bate de beisbol con tarjeta de crédito. Pero esa posibilidad era irrisoria.
En todas las ocasiones era igual. Después de presentarse, pedían una relación de compradores que hubieran realizado una compra de un bate de beisbol o algo relacionado. De las pocas tiendas que habían tenido una venta de artículos relacionados con ese deporte, todas habían sido hechas con tarjeta. De esa manera, les fue fácil identificar a todos los compradores y visitarlos para comprobar que tenían esos artículos, requisarlos para la investigación, o dejarlo pasar porque no daban el perfil mínimo del asesino que buscaban. Algunos ponían cara de incertidumbre y otros de incredulidad ante la petición de los agentes. Todos reaccionaban de la misma manera; a los cinco minutos el bate estaba en manos de los agentes. Requisaban el bate de beisbol y lo metían en un plástico con guantes de goma para no contaminarlos y mandarlos a analizar. Nadie ponía ninguna pega al respecto.
Visitaron a tres personas. Una de ellas era un jubilado de la Bazán. Había comprado un juego completo de beisbol para el décimo cumpleaños de su nieto. Cuando le solicitaron ver el bate y le pidieron explicaciones de la compra, el pobre hombre, hecho un manojo de nervios ante la situación, desenvolvió el regalo delante de ellos. Todavía lo tenía en el plástico hermético que tenía de fábrica, era imposible que alguien lo hubiera utilizado. Incluso llegó a enseñarles el resguardo de compra de la tienda de deportes donde lo había comprado.
–Por si no le gustaba el regalo, lo descambiaba. –llegó a decirles. –Por eso lo conservo.
Después de pedirle disculpas por las molestias, decidieron que no era necesario requisarlo. El hombre suspiró aliviado sin saber realmente por qué. Preguntó a que investigación de debía, y, sin ninguna respuesta, lo único que obtuvo fue una anécdota más que contar a su nieto. Sería parte de la sorpresa de cumpleaños.

sábado 17 de octubre de 2009

El bate rojo 3.0 (Informes)

A la mañana siguiente, Jack se despertó un poco más temprano de lo habitual. No había logrado conciliar el sueño en toda la noche. Mientras se tomaba el zumo del desayuno, se dirigió al salón y miró a través de la ventana. El día amanecía anubarrado y un halo pérfido invadía el ambiente en el exterior.

–Espero que no sea un presagio de lo jodido que va a ser todo el día de hoy. –Masculló.

Al llegar Álex a comisaría se encontró a Jack en su mesa repasando el informe de las huellas dactilares que le habían pasado y las anotaciones del día anterior.

–Has llegado temprano hoy, ¿no?.
– No he dormido muy bien. No paro de darle vueltas a todo esto.
–No te lo tomes como algo personal. Si lo haces sabes que puede interferir en el trabajo.
–¿Cómo quieres que me lo tome?. Alguien dejó la nota en mi buzón. Quién quiera que sea sabe que soy policía o me conoce.
–Tal vez sea que supiera que simplemente eres policía. ¿Tienes ya el informe de las dos notas?.
–Si, tienes una copia en tu mesa. No nos va a servir de nada. La caligrafía la está analizando un grafólogo, lo único que sabemos de momento, que la tinta es de un bolígrafo que se puede comprar en una tienda cualquiera. No han hallado huellas en ninguna de las notas. Y el primer análisis de la sangre confirma que pertenecía a la víctima. Cuando mandaron la nota la chica estaba ya muerta entre seis y ocho horas. No la escribieron y la mandaron al momento. El que hizo esto dejó un tiempo la nota escrita y luego la puso en el buzón.
–Y que ha pasado con tu buzón, ¿encontraron algo los chicos de la científica?
–Oh sí. Eso es lo mejor. –Siguió en tono irónico–. Resulta, que encontraron huellas de los vecinos, el cartero de la zona, de algunos repartidores que teníamos fichados por algún delito menor en la base de datos y una decena más que no sabemos a quién pertenecen. –Hizo una pausa para ver la cara que ponía Álex de interrogación.
–¿Y qué más? –Soltó Álex apremiando.
–Lo mejor es, que en mi buzón no han encontrado nada. Todo limpio como una patena. Ni una huella, ni siquiera mías. Ni una puñetera mota de polvo. El que metió la nota, no sólo se aseguró de no dejar la suya, sino de dejarlo todo bien limpio.
–Esta tarde nos dan los informes de ADN encontrados en las notas.
–Ya era hora.. –Hizo una pausa–. ¿Prosigo y te pones al día en cuanto a la chica?.
– Me parece perfecto, así me ahorras leer tanto.

Jack volvió a leer el informe unos segundos y continuó su resumen.

–La autopsia dice que la asesinaron a golpes. Uno de ellos fue el golpe de gracia en la cabeza. Siguieron dándole golpes hasta reventarle la cabeza como una sandía. La chica no pudo defenderse ni hacer nada por evitaros porque tenía las manos atadas, al igual que los pies. Estaba amordazada, lo que explica que nadie escuchara gritos mientras la golpeaban.
–Joder, que mente puede estar tan corrompida. ¿Se sabe con qué la mataron?.
–Pues..., en cuanto a mentes corrompidas, la mitad de la sociedad creo que lo está de una forma u otra, en cuanto a como la mataron, según el informe, con un bate de beisbol. La golpearon tantas veces que trozos de cabello y masa encefálica se pegaron contra la pared. Las fotografías de los signos que vimos se han enviado a un experto de la Universidad, por si nos puede ayudar en algo o si se tratara de algún ritual satánico, ya que pintaron con la misma sangre que estaba por la habitación. También el informe deduce que los signos son postmortem. –¿Se puso a pintar las paredes con sangre después de matarla?. Dime que tenemos alguna huella en el suelo Jack, por lo que más quieras…
–Tampoco hemos encontrado ninguna huella de zapatos en la escena del crimen.
–Bien pues empecemos por identificar ese puñetero bate de beisbol. Aquí no somos muy aficionados en jugar a ese deporte. Imagino que habrá pocos sitios donde los vendan. –Álex se dirigió a su mesa que estaba justo frente a la de Jack y continuó hablando–. Vamos a sacar una lista completa de posibles puntos de venta en la provincia. Las vamos a visitar una a una. Quizás tengamos suerte y no se hayan vendido muchos bates de beisbol en los últimos seis meses. O por lo menos, eso espero.

miércoles 16 de septiembre de 2009

El bate rojo (2.9) Hechizos


Salieron de la cafetería, no sin antes reprocharle Anabel, el tema de haber pagado el desayuno de de los dos. Ella quería haber pagado su parte. Decía que: ‘Hoy en día esa norma de que tiene que invitar el hombre a la mujer, ya no se llevaba. Las mujeres son autosuficientes. Creo incluso que es un poco machista’. –Y señaló a Richard con el dedo como indicando un culpable.
-No, no. No me malinterpretes. No ha sido mi intención ofenderte. Si quieres, la próxima vez invitas tú. Así, estaremos en paz. ¿Te parece bien?. –Propuso Richard.
-Era una broma. No me enfado. –Y empezó a reírse-. Pero me parece perfecto. Iremos a otro sitio. Por muy bueno que esté el croissant, prefiero que me atiendan con algo más de simpatía y comer otra cosa.
- Estoy contigo. Desde luego, yo tampoco entraré más. Por lo menos si veo que está esa camarera.

El día invitaba a pasear por las calles. No eligieron un rumbo fijo. Andaban tranquilos, sin prisa. Mientras, un microbús se había detenido un poco más adelante de donde ellos se encontraban. Poco a poco, un grupo de ancianos que encaramaban a su interior entre bromas y risas. Al pasar por su lado, se fijaron en un pequeño cartel del interior del autobús que indicaba el destino. Londres. Una excursión posiblemente para grupos de la tercera edad. Al leerlo, comentaron entre risas lo bien que les vendría a los dos unas vacaciones. Conocer otros sitios, otros lugares con costumbres diferentes. Anabel nunca había viajado, no conocía Londres. En realidad no conocía ningún sitio. Era la vida había elegido hacía más de tres años. Desde entonces, no tuvo ni tiempo, ni dinero. Su hija estaba antes que nada. Richard en cambio conocía Londres, y aprovechó para contarle cosas sobre los lugares más emblemáticos de la capital del reino cuando surgió el tema. Lo escuchaba como si de un catedrático se tratase, y ella, una estudiante universitaria de primer curso.

Siguieron paseando y el tiempo pasaba para ellos raudo, fugaz, como el rayo de la tormenta que atraviesa el horizonte y sólo deja una estela duradera al cerrar los ojos. Las agujas del reloj, parecían haber sido hechizadas por una vieja bruja de cuentos de hadas. Un maleficio había caído sobre ellas y habían cobrado vida en caballos apocalípticos que anunciaban el final del encuentro por ese día. Poco a poco regresaron al punto de partida, donde Richard tenía aparcado el todoterreno, y allí se quedaron uno junto al otro mirándose a los ojos.

-Tengo que irme, no quiero retrasarme mucho. Comentó Anabel partiendo el halo de circunspección en el que se habían envuelto.
-Claro, lo comprendo. Te apetece que nos veamos otro día? –Interrogó Richard sin dejar de mirarla a los ojos.
- Me encantaría. Me lo he pasado muy bien.
-¿Quieres que te acerque?, no me cuesta ningún trabajo… -Richard pulsó el mando a distancia para abrir el coche.
-Te lo agradezco mucho Richard. Prefiero irme en taxi. –Anabel aún era reacia a que alguien supiera donde vivía.- Además, con el dinero que me he ahorrado en el desayuno pensaré que me ha salido gratis y voy en taxi. –Y empezó a reírse.
-Como quieras. Por cierto, imagino que tendrás móvil. Así podríamos llamarnos y quedar más tranquilos.

Anabel sacó el móvil y miró la agenda de su teléfono porque siempre se olvidaba de su número. Cuando los dos ya tenían apuntados sus respectivos teléfonos, Richard paró un taxi que pasaba por la calle con el cartel de libre, y este se detuvo junto a ellos.
-¿Me llamaras? – Interrogó Richard.
-No te preocupes por eso –Sonrió y le besó en las mejillas. –Si puedo te llamo mañana o pasado. Así me cuentas como te va el día. –Continuó mientras abría la puerta de atrás del taxi y accedía al interior.
-Esperaré tu llamada.

El taxi arrancó pausadamente y fue cogiendo velocidad hasta perderse poco a poco por la calle.

Al día siguiente por la tarde, sonó la primera llamada de las muchas que se repetirían durante las dos siguientes semanas. Ninguna de ellas duraba menos de veinte minutos. Y así, intercalando las llamadas, empezaron a llegar las citas cada vez más seguidas.

viernes 4 de septiembre de 2009

El bate rojo (2.8) Cincuenta peniques

Pocos minutos más tarde un taxi se detenía delante del portal de la casa y Anabel dio la dirección de la cafetería al taxista. Ni siquiera se había planteado montarse en un autobús, y menos, ir andando con sus zapatos nuevos a pesar de no quedar muy lejos. Había poco tráfico y tardó menos de lo que esperaba en llegar, por lo que incluso se adelantó cinco minutos. Eso podría haber parecido un síntoma de impaciencia, pero se lo tomó como algo natural a lo que no había que darle más importancia de la que tenía. –¿Porqué las mujeres siempre tenían que hacer esperar a los hombres?. –Se preguntó a si misma en su interior.
–¿Aquí mismo señorita?. –Preguntó el taxista.
–Sí, gracias. Aquí mismo.
A medida que el taxi se detenía, observó por la ventanilla que Richard estaba de pié junto a su coche.

–Hola, Anabel. Buenos días. –Le dijo Richard mientras se acercaba a ella.
–Buenos días Richard. Creía que había llegado temprano, pero veo que ya estabas aquí.
–Si, he llegado un poco antes. No tenía mucho que hacer. Esta mañana me levanté temprano y acabé todo bastante pronto.
–Yo no imaginaba que hoy habría tan poco tráfico. –Comentó mientras ojeaba de un lado a otro la calle.
–Sí, hoy parece que el mundo se ha detenido un poco. Estas guapísima por cierto. –Le dijo mirándola de arriba abajo. –Quizás el mundo se ha detenido por ti. –Continuó mientras sonreía.
–No digas tonterías. –Continuó Anabel mientras también sonreía.
–Lo digo en serio. Y que conste que no suelo decir muchos halagos. ¿Vamos dentro de la cafetería?, esta mañana tengo especialmente apetito. Ayer no cené muy bien y esta mañana me he levantado con un hambre voraz.
–Claro, vamos dentro. –Dijo mientras se encaminaban al interior de la cafetería.

Una vez dentro, se sentaron en la misma mesa donde habían estado la semana anterior. La camarera que les atendió era otra chica diferente a la del primer día que estuvieron allí. Una chica algo regordeta y pecas por toda la cara, con el pelo negro y unos mechones llamativamente teñidos de rojo. La chica no se acercó a ellos, desde detrás del mostrador y con una voz agria les inquirió sobre lo que iban a tomar. Cuando terminó de prepararlo todo, se acercó a la mesa y les sirvió sin decir una sola palabra ni mirarles un solo segundo.
–Muchas gracias. –Dijeron Anabel y Richard al ser servidos por la camarera.
La camarera no hizo ningún ademan de agradecimiento y se limitó a retirarse y volver detrás de la barra. Siguió entretenida limpiando no se sabía muy bien qué.
–Me gustó más la chica de la semana pasada. –Comentó Anabel. – Por lo menos tenía más educación.
–A mí también. –Confirmó Richard.
–Ser joven no tiene por qué ser sinónimo de mal educado. –Prosiguió Anabel. –No creo que todos los jóvenes sean así. Que tengas que trabajar desde joven en una cafetería porque necesitas dinero y no es lo que querías en esta vida, no tiene por qué convertirse en una cruzada particular contra el mundo. Te guste o no te guste, si tienes que ganar dinero porque no tienes más remedio, ya sea trabajando desde joven en un bar o limpiando casas, por lo menos que tengas la mínima educación con los demás. Nadie tiene la culpa de tus problemas personales y no tienes porque pagarlos con el resto de humanidad. Cualquier trabajo es tan honrado como el de director de banco y la educación no va con el puesto. –Terminó con un tono que denotaba que le había molestado la actitud de la camarera.
–Creo que te lo has tomado muy mal la actitud de la chica por lo que veo. –Denotó Richard. –No creo que debamos darle tanta importancia.
Yo me siento muy orgullosa de mi misma en ese aspecto. Me siento realizada como mujer. He sabido llevar mi vida adelante a pesar de todos los contratiempos que he tenido y criar a mi hija sin que le falte de nada. Prefiero no comer y morirme a que no tenga nada mi hija que llevarse a la boca. Tal vez veo la vida desde otro prisma diferente a esta chica, pero creo que con esa actitud de rechazo a la sociedad no se llega a ningún sitio. No creo que le haga ningún bien desde luego.
–Ya veo. Creo que eres muy valiente. No todas las personas son capaces de tener ese brío y seguir adelante por ellas mismas. Eres incomparable. No he conocido nunca a una chica como tú. –Dijo con función.
–No creo que sea para tanto. – ¿Me he puesto muy seria no? –Dijo mientas sonreía. –No me hagas mucho caso. Además, tampoco estamos aquí para que aguantes como me enfado por algo que no viene a cuento.
–Bueno. Es una faceta tuya y siempre está bien conocer los puntos de vista de todo el mundo. No creo que sea malo que me expreses lo que piensas de un comportamiento de alguien, sobre todo, si para ti no es el más ético o no compartes su filosofía. De todas formas imagino que hemos quedado hoy porque queríamos conocernos algo más el uno al otro. ¿No?
– Imagino que sí. Asintió Anabel mientras miraba por la ventana como una madre caminaba plácidamente con un carrito y su bebé dentro. La contempló mientras cruzaba por la acera y desaparecía poco a poco en la lejanía.
– ¿Estás bien Anabel? – La interrogó Richard. – Te has quedado un poco con la mirada perdida.
– Sí. Perdona, miraba a una chica que pasaba por la calle con un cochecito y me he acordado de mi hija. Siempre pienso en ella. No importa donde esté, ni con quien. Siempre la tengo en mis pensamientos.
–Se te ve muy buena madre. Se nota que la quieres con locura. Si todas las madres fueran así, no pasarían tantas cosas desagradables en este mundo. Las madres les harían dado tanto cariño que no existiría tanto mal en esta vida. No sé si lo que digo estará comprobado científicamente, pero seguro que tampoco es una utopía.

–¿Qué tal está Jacqueline? –Preguntó en un momento dado Richard en un intento de conocer más cosas sobre la vida de Anabel.

–Bien. En la guardería. Luego tengo que ir a recogerla.

–Espero que no te moleste si te pregunto sobre el padre. Si no quieres, no tienes por qué decirme nada. Lo comprendería. –Comentó titubeando Richard en un intento de no herir a Anabel con alguna pregunta impertinente.

–No, no. Para nada. Dime. ¿Qué quieres saber?

–Bueno, sólo si sigues teniendo contacto con él y si tenéis buena relación. Me hablas siempre de tu hija, pero nunca me has comentado nada de su padre. He imaginado que no querías hablar del tema. Por eso no te he comentado nada anteriormente.

–No tiene padre. –Dijo de repente en un tono más seco que denotaba el cambio de actitud con respecto a lo que había sido todo el encuentro hasta el momento. –Murió antes de nacer Jacqueline. Ha nacido sin padre, pero tampoco lo ha necesitado hasta el momento. Yo le he dado todo el cariño por los dos.

–Disculpa, no lo sabía. No tenía ni idea de… –No te preocupes. –Lo interrumpió Anabel con ademan. –No tenías porqué saberlo. Es comprensible.

– ¿Algo repentino?, sería muy duro ese momento para ti. La perdida de una persona conocida siempre es dura. El perder a alguien que amas tiene que ser peor aún. – Continuó Richard.

–Sí. Lo es. Murió en un accidente de tráfico. Su coche se salió de la carretera y cayó por un terraplén. Del impacto, el coche salió ardiendo. La policía nunca supo el motivo del accidente. Nadie supo decirme que había pasado realmente aquella noche. Se hizo una investigación, pero nada fue definitivo. Todo se quedó en un error humano y en que no me preocupara, que mi marido no sufrió al incendiarse el coche porque, según la autopsia, ya había muerto del impacto. Es algo que te hunde pero de lo que tienes que salir poco a poco a flote. El tiempo siempre lo cura todo dice todo el mundo, pero yo no creo en esas tonterías. Nadie se cura de eso. Esa herida se lleva dentro del corazón, como una cicatriz invisible que a veces aparece para recordarte que aún sigue ahí. Ni siquiera supo que iba a ser padre. De hecho ni yo lo sabía. Me empezó a faltar la regla y pensaba que era del stress, así que no fui al médico ni nada. Al tercer mes de la falta y como veía que vomitaba casi todas las mañanas, me hice un análisis. De esa manera me enteré que era madre de un hijo que no iba a conocer nunca a su padre. –Los ojos de Anabel se empañaron de lágrimas. –Discúlpame un segundo. –Continuó mientras se levantaba de la mesa y se dirigía al servicio de señoras.

Mientras Anabel estaba en los servicios, Richard se levantó de la mesa y se dirigió al mostrador. La camarera mientras, se afanaba en reponer latas de refresco en los refrigeradores verticales con cara de pocos amigos. Al verlo acercarse al mostrador, paró el ejercicio de renovar existencias y emitió un sonido gutural. Richard interpretó ese sonido como una invitación a que dijera que deseaba.

–Quisiera la cuenta, por favor. –Dijo en tono seco.

La camarera, lo miró y se dio media vuelta. Se giró con parsimonia y se dirigió a la máquina registradora. Marcó los desayunos y se volvió de nuevo donde se encontraba Richard con la cartera abierta esperando.

–Son siete con cincuenta.

–Aquí tiene. –Y sacó un billete de diez libras. –Cóbrese ocho. Por la simpatía y la amabilidad que despide por los poros. –Sonrió. –Tenga cuidado. Lo mismo es contagioso. –Le susurró en tono sarcástico mientras ponía el billete encima del mostrador. El naranja diamante y la figura de Charles Darwin destacaron encima del acero inoxidable de la barra. La camarera, que tenía los ojos abiertos como platos por el comentario, tomó el billete y se retiró de nuevo a la caja sin decir ningún comentario al respecto. Cuando volvió con el cambio, lo depositó sonoramente en un pequeño platillo metálico y lo puso junto a Richard.

–Su cambio caballero. –Largó con desaire mientras se daba la vuelta, y desaparecía por una puerta abatible que daba un almacén justo detrás de donde se encontraba.

El cambio que había encima del platillo metálico era de dos con cincuenta. Todo en monedas de cincuenta peniques. Richard cogió el cambio, buscó en los bolsillos y encontró varias monedas de menor valor. Seis de cinco y dos de diez concretamente. Las dejó todas encima del platillo completando los cincuenta peniques y se dio la vuelta para dirigirse a la mesa. Se sentó en la silla, y esperó pacientemente a que saliera Anabel del servicio. De esa forma daba por zanjado el tema de camarera malcriada.

lunes 24 de agosto de 2009

El bate rojo (2.7) Víboras

Durmió bastante bien toda la noche, si con decir bastante bien, entraba el despertarse cada hora y no saber exactamente por qué. Cuando despertó, comenzó la rutina diaria, sabiendo que, en pocas horas, iba a terminar sin ser tan conocido y tan rutinario como un día cualquiera por la cita con Richard.

Después de llevar a Jacqueline a la guardería, volvió a su casa y entró en la habitación. Había dejado preparado el traje muy bien estirado encima de la cama y los zapatos junto a ella. No se había duchado levantarse, como hacía todos los días, aquella mañana, había preferido despejarse con un poco de agua y ponerse cualquier cosa, así, al volver podía ducharse más tranquila sin nadie que se metiese en su vida fijándose en lo que llevaba puesto.

Cuando iba a la guardería a dejar a su hija, se fijaba que algunas madres formaban pequeños grupos de auténticas cotillas. No había un día en el que no despellejasen a alguna madre con comentarios sobre si había ganado kilos, lo delgada que estaba, el color de pelo que tenía le favorecía o lo mal que le quedaba, si tenía más arrugas y no aparentaba la edad que tenía, el color, forma, estilo o veces que había llevado la misma falda o pantalón aquella semana.

Alguna que otra vez, mientras aguardaba a que Jacqueline entrara en la guardería, si una de las integrantes del grupo de cuchicheos no había ido por cualquier motivo ese día, se convertía en el tema de conversación más atractivo de la mañana. No había piedad, cualquier cosa por insignificante que pareciera salía al descubierto. Eso sí, luego parecía que había un pacto de silencio porque al día siguiente las cosas volvían a ser como antes y buscaban a otra pobre víctima indefensa.

Ella no se acercaba mucho a las demás madres, sólo llegaba y daba los –Buenos días –Lo que hacía responder a las demás con el mismo gesto. –Pero intentaba no tener mucho tema de conversación con nadie. Lo mínimo, si podía. No le importaba la vida de nadie, ella sólo vivía para su hija y todo lo demás era un mero grano de arena en medio de un desierto. Al no ponerse la ropa para llevar a Jacqueline se había quitado de inoportunos comentarios y la necesidad de dar alguna explicación. Pero ella sabía que un día ya pasado o uno venidero sería tema de conversación en una de las reuniones matutinas de aquella granja de lenguas viperinas.

Terminó de vestirse, secarse el pelo y cuando salió del cuarto de baño y se fijó en el espejo del armario. No se conocía ni ella misma. Estaba radiante. Hacía años que no se sentía tan llena de vida. Llena de vida y espíritu. No quería maquillarse ni nada por el estilo, quería estar natural. Cuando miró el reloj, le quedaba poco tiempo para llegar a su cita. Cogió el móvil y buscó un número de su agenda.

-Hola. Buenos días. Quisiera que me enviasen un taxi por favor.